No debía sufrir demasiadas estrecheses el 2º director de la capilla de cámara del príncipe-arzobispo cuando residía en una hermosa casa de la Getreidesgasse, la calle más céntrica, por entonces, de la ciudad, muy cerca del mercado. Los príncipes-arzobispos habían sido durante siglos los amos de Salzburgo: más príncipes que arzobispos muchos de ellos, a juzgar por su afición a la política y su pasión por los caballos: todavía hoy quedan en Salzburgo más recuerdos de los caballos que de Mozart. Pero a los príncipes-arzobispos también les agradaba la música, y Leopoldo Mozart, hombre de buen ingenio, hábil y prudente a un tiempo, amigo de no chocar con nadie y un tanto agarrado en cuestiones de dinero, sabía cómo tratar a sus señores. Tal vez hubiera pasado a la historia de la música si no quedara oscurecido por el genio de su hijo. Especial polémica despertó su nada desagradable Paseo musical en trineo, de carácter imitativo, pero con una frescura que no desentona de las de Johann Stamitz o Anton Filz. En aquella casa de la Gestreidesgasse nació el 27 de enero de 1756 el segundo hijo de Leopoldo, Wolfgang Amadeus.
Era una casa animada, casi siempre llena de gente, amigos o músicos, que venían a practicar el violín con Leopoldo. Una tarde se encontraba éste hablando con su amigo Schachtner, cuando observaron que el pequeño Wolfgang, entonces de 5 años, tumbado sobre el suelo, escribía sobre un papel pautado.
- ¿Qué estas escribiendo, Wolfgang?
- Un minuetto para clave, papá.
- Déjame verlo: debe ser muy bonito.
-Aún no he acabado...
- No importa; después lo terminarás.
Leopoldo Mozart tomó en sus manos el papel. Al principio no entendió nada. El pequeño hundía la pluma en el tintero hasta el fondo, de suerte que al depositarla sobre el folio pautado dejaba caer sobre él un horrendo borrón.El percance no parecía importarle gran cosa: corría la tinta con el puño y seguía escribiendo. Pero cuando Leopoldo comenzó a desentrañar todo aquel jeroglífico, su rostro cambió, y pronto se llenó de lágrimas.
- ¡Mire, Herr Schachtner!
Los dos amigos, abrazados, siguieron leyendo. Era, en efecto, un minuetto, no sólo inconcebible en un niño de 5 años, sino, por su inspiración, construcción y modulación, propio de un maestro extraordinario.
Así supo Leopoldo Mozart que tenía un genio en casa. Wolfgang no sólo oscurecería la fama de su padre, sino que distraería su vida doméstica de músico del arzobispo, obligándole a largos y azarosos viajes.http://www.youtube.com/watch?v=NdY7GCFt-Vo

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